Mi primera reacción fue de miedo y coraje pues alguien entró a asustarme, pero en ese momento había de agradecer a mi hermano y su extensa seguridad pues al momento de gritar oí los pasos de la guardia. ¿Cuál sería mi sorpresa al escuchar que se ahogaban esos pasos? y como si estuviese sumergida en un sueño esta mujer miró sarcásticamente mis intentos de escape, para tan sólo decir:
-Mírame bien, pues mi momento ha llegado, tu familia me conoce bien, pues tu sobrina llevará mi sangre.
Me extrañó su sentencia y la miré confundida, me senté en el suelo y tan sólo alcancé a preguntar, algo trillado, lo sé, pero no se me ocurrió otra cosa, le dije:
-Conozco la línea de sangre y demás genealogías. Ni tú, ni alguien parecido a ti o desconocido para mi figura en la vida de alguien de mi familia. ¿Quién eres y qué deseas?
Se acercó a la ventana y la luz de los faroles de la avenida le iluminaron el rostro con más claridad, sus facciones eran, debo admitir, muy estéticas, muy perfectas, los ojos grandes parecían pintar un color violeta. De nuevo me miró y dijo:
-Deseas un nombre que no durará otra década más, sin embargo te lo diré pues de algún modo podrás llamarme, soy Leonora.
¿Qué deseo? Tan sólo hablar de lo inevitable, deseo que haya testimonio sutil de mi presencia y que en caso de que mi hermana no se atreva y decida que quede muerta su historia, su descendencia conozca sus orígenes y los de los hijos de Oliver.
-Pero Oliver no tiene hijos, su…
-¿Esposa? Lo sé, no puede. Pero los tendrán, eso tú lo verás.
Mi incredulidad me hizo actuar de forma impulsiva me levanté y caminé decididamente hacia la puerta de mi habitación para abrirla y verificar qué había pasado con la seguridad que mi hermano me había puesto tan insistentemente. Pero al abrir me quedé estupefacta, fácil 5 de los hombres que resguardaban la puerta estaban prácticamente congelados, paralizados completamente y casi azules, sí, fui literal, estaban helados. Miré horrorizada a la mujer que estaba conmigo y a punto de echarme a correr, sentí unos brazos delgados que me atrapaban y me llevaban violentamente de nuevo a la habitación. Los ojos de esta mujer ya no eran violetas, eran rojos como su cabello, como el fuego o como la sangre, no lo puedo definir aún.
-Hablar quita tiempo, y el mío es escaso a estas horas de la noche.
Y diciendo esto me tomó por el cuello y me mordió. No recuerdo más que el dolor y el miedo del momento.

Al día siguiente desperté muy débil y cansada, mis sábanas estaban manchadas con mi sangre y frente a mí esperando a que despertara había un hombre que al momento en que me intenté incorporar me acercó un vaso con agua y una bata, me dijo:
-Buenos días, disculpa mi presencia en tu dormitorio, no me quedaré, sólo quería corroborar que despertaras bien, mi nombre es Ethan y si tienes alguna pregunta por favor no dudes en llamarme. Por el momento te dejo, pues no tardan en venir a dejarte el desayuno. Hasta luego.
¡Claro, se fue! Y a ¿dónde lo encontraría? Valiente sueño tuve, pensé. Sin tardanza me metí a bañar pues tendría reunión con mi hermano muy temprano, pues esa misma noche yo viajaría a Madrid, y fue cuando recordé: -Yo tengo que encontrarme con Eliseo de Leija, pero ¿para qué?. Sin hacer caso de mis pensamientos continué con mi día.
Al salir de bañarme, me di cuenta de que lo que paulatinamente me iba pareciendo un sueño algo bizarro producto de alguna película barata durante la noche, era muy real, sí, me estremecí, vi la sangre sobre mi cama y mis ropas y bueno, no me quedó otra más que lavarla, afortunadamente los productos modernos son una maravilla, lo que no, son los estragos en mis manos poco acostumbradas a los químicos, y mi falta de costumbre, además del hecho de que odio dar explicaciones y precisamente tuve que hacerlo cuando pedí el fabuloso detergente y desmanchador, pero eso era mejor a intentar explicar el por qué de las manchas de sangre en mis cosas.
Así fue mi noche y así comenzó mi día.




